Querer por encima de tus posibilidades.
Nunca pensaste que querer pudiera ser malo, ¿no?
Es decir, tan malo.
Creías que, cuánto más quisieras, mejor.
Eso es lo que nos enseñaron las canciones, la Iglesia, las películas y nuestras madres.
Tienes que ser buena.
Tienes que ser sacrificado.
Y joder si nos afanamos.
En hombres que, evidentemente, querían por debajo de sus posibilidades.
Justamente por eso.
Porque su falta de afecto o de atención alimentaron el cosquilleo en el estómago al que algunos llaman amor.
Sin querer enterarnos de que el estómago nos duele porque nos hacen daño.
Y si alguien nos hace daño, no nos quiere.
Pero no podemos echarle la culpa a nadie.
Desde el momento en que reprochamos o culpabilizamos, nos convertimos en víctimas.
Mira lo que me has hecho.
No.
Mira lo que me he dejado hacer.
Nosotros y nosotras permitimos que nos chuparan la sangre.
Para que un vampiro entre hemos de haberle dejado pasar.
Porque en el fondo creemos que nos merecemos la mordida.
Porque no nos queremos a nosotros mismos una ***** *****.
Yo también he sido ese hombre complaciente incrédulo ante el rechazo.
¿Cómo no me va a querer?
Si nunca doy problemas, si se la chupo, si le hago regalos, si conmigo todo es fácil.
Con todo lo que le ofrezco.
Pero ese ofrecimiento era una batalla.
Por demostrar que yo merecía la pena.
Ya no importaba la otra persona, solo ganar.
En ese acto kamikaze que supone entregar sin medida a alguien que no da nada.
El problema no eran ellos.
Ellos fueron lo que eran: hombres no amables.
El problema era yo.
Que dije la primera vez que, bueno, que no importaba.
Y ellos, que lo notaron, vieron en mí esa persona que podría proporcionarles paz.
Esos hombres toscos, misteriosos, parcos en sentimientos, de diversidad emocional.
Con los que yo me empeñé.
Porque el amor era eso, empeñarse, vas a ver que al final, al final del todo, se convierte en un príncipe y se da cuenta.
Y yo lloraba con sus traumas.
En la cama.
Y pensaba que eso era compartir.
Llorar y comprender al otro.
Salvar.
Ja.
Me las comí dobladas.
Porque esos hombres que me abrazaban hasta que me muriera solo estaban en mi cabeza.
No existían.
Porque si alguien quiere cambiar, que cambie.
Pero ése no es nuestro cometido.
Lo que tienes que hacer es cambiar tú de persona si esa persona no te da lo que necesitas.
Y si sigues ahí, lo único que haces es manipular.
Constantemente.
Para que te quieran.
No te hagas eso, por favor.
No sé qué harás tú.
Yo sí.
Voy a abandonar a todos esos hombres que quieren por debajo de sus posibilidades.
Y lo voy a hacer el 31 de febrero.
Sí, un día inexistente en el calendario.
Para no poder celebrar nunca más el aniversario del mal querer.
A partir de ahora solo voy a querer a hombres amables.
Aunque al principio me resulten algo anodinos porque no soy capaz de percibir conflicto en ellos.
Me dará igual.
Solo hombres honestos, comprometidos, y que me hagan brillar como los ojos de un niño al ver a Pluto.
í‰se será mi mínimo.
Y estaré solo si no se cumple.
Porque esto se nos acaba.
Y yo no quiero irme de aquí sin saber lo que es la verdadera intimidad.
La que profana.
Esa en la que no hay juegos.
Ni estrategias.
Ni puñales.
Solo dos personas desnudas o vestidas.
Descorazonadas pero alegres.
Rebañando las entrañas con los dedos.
Dejando espacio para los agujeros.
Y si duele, lo intentamos después.
Que aquí estaremos.
Desapareciendo.
Pero en compañía.
< Roy Galan >